Poner precio a una clase es incómodo porque parece que te pones precio a ti. La forma de quitarle el drama es convertirlo en una cuenta con tres números.
Son el suelo (lo que te cuesta), el techo (lo que tu zona acepta) y la capacidad (lo que tu hora puede generar). Vamos uno a uno.
El suelo: lo que cuesta dar la clase
Suma lo que se gasta cada sesión y divídelo entre las plazas. Entran el material que se consume (barro, esmaltes, lienzos) y la parte proporcional del alquiler y suministros de esas dos horas.
También entra — el que todo el mundo olvida — tu hora de trabajo, contada como se la pagarías a un profesor contratado. Ese es tu coste por plaza. Cobrar por debajo de ahí es pagar tú por enseñar.
El techo: lo que tu zona ya acepta
Mira lo que cuestan las experiencias comparables en tu ciudad — otros talleres, catas, escapadas de fin de semana — y dónde te quieres colocar.
No hace falta ser el más barato: una clase de cerámica compite con «plan de sábado», no con el precio del gimnasio.
Lo que sí hace falta es que el precio cuente lo que incluye: material, cocción, la pieza que te llevas.
La capacidad: tu hora vale lo que genera
Ocho plazas a 35 € en una clase de dos horas son 280 €: tu hora de clase «vale» 140 € de capacidad.
Ese número manda sobre todo lo demás: cada hora que pasas contestando WhatsApps o persiguiendo cobros es una hora que no está disponible para generar eso.
Puedes calcular el tuyo (y lo que te cuesta la gestión manual) con la calculadora de horas de gestión.
Bonos y cuotas: el descuento con lógica
El descuento del bono es el precio del compromiso. Quien paga diez clases por adelantado te da liquidez y recurrencia, y eso vale un descuento moderado, no un regalo.
Y siempre con caducidad escrita, o el descuento de hoy se convierte en deuda eterna (por qué, en bonos, cuotas y el dinero de quien no viene).
La cuota mensual sigue la misma lógica: algo mejor precio por plaza a cambio de la recurrencia que paga tu alquiler.
Subir precios sin perder alumnos
El precio se sube con calendario y por escrito, no con remordimiento y en persona.
- Avisa con un ciclo entero de antelación (un mes de cuota, un curso).
- Respeta lo ya comprado: los bonos vigentes se consumen al precio antiguo.
- Si quieres premiar a los de siempre, congela su cuota una temporada. Es decisión tuya y escrita, no una excepción negociada en el pasillo.
- No lo justifiques con tus costes: cuéntalo con lo que reciben (materiales, grupos más pequeños, horno más frecuente).
Sea cual sea tu tarifa, la regla final es de orden: que se cobre al reservar. Un precio perfecto que luego hay que perseguir por Bizum es un mal precio.
